Al despertar, mi marido no me responde. Me mira raro. Y mis hijos no están. Me dice que no, que no me preocupe, que pronto vendrá mi marido. Llega un hombre y le grita, lo echa de casa. A mi marido. Sigo sin saber dónde están mis hijos. El hombre que dice que es mi marido dice que vendrán mañana.
Cuando ya fue mañana mis hijos y mi marido estaban por fin conmigo en casa. Pero yo quería que se fueran. Llegarían tarde. Y estaba muy cansada. Y también vino esa mujer que no me dejaba acercarme a mis hijos.
No hay nadie enfermo, pero en casa hay un señor con maletín que dice que es doctor. Lo ha llamado mi marido. Siempre les tengo que repetir lo mismo: yo sólo quería ser amable, que se divirtieran, que bailaran. Pero esa mujer dice que yo no le doy nada a mi marido, y que los niños tienen hambre y van desnudos. Esa mujer está loca, por eso habrá venido el doctor. Pero me enseña un papel y lo firmo.
Por seis meses estuve en un hospital, encerrada. Sin mis hijos, lejos de casa. Me daban pastillas, luego iba al lavabo, comía de lo que me daban, también descargas eléctricas, y hacía terapia jugando a juegos raros.
Ahora estoy en casa. Con mi marido. Con mis hijos. Me ha bajado del sofá de una bofetada y ha gritado que matará a mis hijos. Los acosté y les di un beso de buenas noches.
No sé cómo pude llegar a esto. Debe ser el cansancio.

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